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Archivos de: Agosto 2006

Un cuento para Ana fé

por anafeli81 @ 2006-08-21 - 01:13:55 pm

Anafé es una niña bastante parecida a una barrita de chocolate, tiene su mismo color, olor y hasta el atractivo que ellas ejercen sobre las personas. Vive en una granja donde hay patos, gallinas, pájaros, árboles y flores, además tiene cerca de su casa una laguna con peces; por todo esto creo que es una niña afortunada.

Un día Anafé asistió a una fiesta en la ciudad, allí encontró a una señora que también vive en el campo en un mundo muy parecido al suyo, no conversaron mucho pero estaban unidas por un hilo invisible que comunica a las personas que viven en armonía con la naturaleza, esta unión quedó demostrada cuando en el momento de despedirse Anafé se acercó a la señora y le dijo: mañana te traigo una gallina, indicando con un gesto de las manos que era una enorme gallina. La señora pensó…, no existen gallinas tan grandes, el tamaño debe indicar el deseo que tiene de regalármela.

Unos días más tarde, la señora recibió una gallina amarilla que se veía dorada bajo el sol, por lo que le dio el nombre de Plumitas de Oro.

Cuando Plumitas de Oro puso su primer huevo, la señora quiso comérselo frito, pero, al partirlo no salió una yema y una clara de huevo sino un caramelo envuelto en papel azul, cuando puso el segundo huevo tampoco pudo comérselo porque al partir la cáscara salió una almendra rosada, entonces decidió guardarlos para echarlos cuando la gallina estuviera clueca. Reunió muchos huevos, los echó y esperó veintiún días para que nacieran los pollitos y cuando nacieron los miró bien para ver si tenían algo especial, pero no había sino pollitos como todos que decían pío pío, escarbaban la tierra y dormían bajo las alas de su mamá. Un día ocurrió algo extraño; mientras se alisaban las plumas con el pico, cada uno soltó una pluma, todas de colores diferentes, había amarillas, rosadas, azules, verdes y muchos colores más, la señora las recogió y las guardó en un frasco, al día siguiente cuando fue a mirarlas encontró en su lugar sólo caramelos, almendras y chocolates. ¡Qué extraño! pensó, nadie pudo cambiarlas porque yo vivo sola, me dedicaré a observar lo que está sucediendo en este frasco, ese día recogió las plumitas del suelo, las guardó en el frasco, cada hora iba a mirarlas y las encontraba como las había dejado. Al día siguiente las encontró nuevamente convertidas en chucherías, entonces dijo: ahora voy a observarlas durante la noche ¡y así lo hizo! Cuando comenzó la noche prendió una vela junto al frasco y se sentó a mirar, al rato oyó cantar a un aguaitacaminos, se asomó a la ventana para verlo y cuando regresó junto al frasco encontró un nuevo caramelo, se quedó asombrada y dijo: ¡de aquí no me muevo pase lo que pase! Al rato cantó otro aguaitacaminos y ella ni parpadeó, así fue como descubrió algo asombroso: una plumita marrón se desperezó y ¡ZAS! se convirtió en una barrita de chocolate, cantó otro aguaitacaminos, se desperezó otra y ¡ZAS! una almendra, otro canto y otra que se desperezaba convirtiéndose en caramelo, esto se repitió durante toda la noche, al amanecer el frasco estaba lleno de toda clase de golosinas, la señora lo tapó y se lo envió a Anafé como regalo de cumpleaños con una nota que decía así:
Anafé:
Por ese hilo que nos une, te envío un beso y te deseo larga vida, salud y sabiduría.
Te quiere, Isa Arráez.
Marzo, 1985


 
 

Un sueño que me contaron

por anafeli81 @ 2006-08-21 - 01:06:35 pm

Yo soy aquella que desde un rincón del parque ve payasos

Un aspa gira lenta

Brotan imágenes:
se tropiezan,
se muerden,
se encandilan,
cambian sus vestidos
una tras otra se combinan
las veo bailar solas
aisladas

Estoy ALTA
no arriba
sino alta.

Marzo 2001

por anafeli81 @ 2006-08-21 - 01:04:56 pm

¿A quién sino al Cielo,
que me robó mi dulce prenda amada,
podrá mi desconsuelo
dar sacrílega queja destemplada?
Sor Juana Inés de la Cruz.

Y si no tuviera piernas, y si tampoco tuviera brazos, y si me faltaran además la espalda, el pecho, el sexo. Y si sólo fuera una cabeza, con ojos, boca, lengua, y nariz. Ah, me tumbaría a pensar, sí eso, a pensar, pensaría en los placeres del dolor, me darían unas ganas inmensas de parir, sí de parir, parir, tener un hijo, darle vida a algo, que maravilloso que una cabeza tenga hijos, me haría muy feliz la idea, pasaría días contemplando esa idea, mirando la quietud con la que se queda allí dentro, en mi cabeza.
Y que otra cosa sino eso. Sí, eso sería perfecto para darle vida a esa idea, para que nazca. Así que recordaría esa otra idea, y me quedaría allí mirándola atentamente, viendo como va lenta al pasado y vuelve a mí para mostrármelo, para obsequiármelo. Cuando ya haya regresado todo, todo el recuerdo, cuando ya esté ella completa, la idea, tomaría uno de mis miedos y pensaría como escribirlo, claro si yo tuviera manos, pero atendería a que no las tengo y seguiría pensando en como escribirlo, entonces comenzaría a dictarle a la memoria: Estaba ya la silla hecha, su altura era la esperada, tomé la cuerda desesperadamente, la até a una viga del techo, hice un nudo, lo deshice, hice otro más fuerte, lo deshice, hice otro más fuerte aún, doble, de éste ya no dudaría, volví abajo, abrí todas las ventanas de la casa, respire profundo, trataba el aire de entrar todo en mis pulmones, volví a las ventanas, las cerré, corrí las cortinas, luego estuve otra vez en la silla, pero entumecí de miedo y caí al suelo inmóvil, allí quedé hasta el día siguiente. Al despertar subí a la silla, descolgué la cuerda, deshice los nudos, abrí las ventanas y salí a la calle. Hasta aquí, pensé, lo escribiría. Así que cerré los ojos y me concentré en mirar hacia adentro, y lo veía, pude ver una bola extraña de masa, y quedé quieta, atenta, mirando, pasé horas mirando aquella masa, vi como le salían piernas, como del centro de esa masita salía un hilo que se enredaba en ella y llegaba a mis ojos, esperé entonces muchas horas más a ver que otras cosas le salían, y aparecieron sus brazos, sus manos sin dedos. Y después de varias noches vi que no le salía nada más, que no había sido el miedo lo suficientemente cierto para que yo pudiera parir. Recurrí de nuevo al recuerdo, me quede allí largo rato buscando otro de mis miedos. Estábamos en la casa de los abuelos y todos veían el reloj en espera de aquel espectáculo. Del patio, mis primos menores hacían mucho alboroto llamando a los abuelos para que fueran a ver, les gritaban que llevaran sus lentes oscuros, las radiografías, mis tíos corrían con cámaras fotográficas y filmadoras, yo quedé sola en la cocina y escribí: No fue lluvia lo sé, pero sentí miedo. No hubo truenos, ni relámpagos pero me sentí débil. Oscurecí pronto. Con ese inevitable olor a húmedo y sabor a gris. Ansiosa, temblando, brinde en tu honor, y no fue necesario mirar arriba para ver como te coronaban por tus sabias y largas noches. Ahora sí que nacerá, pensé, esta vez sí que sentí miedo. Pasaron meses y yo igual, con los ojos fuertemente apretados para ver bien como se formaría ese hijo mío que, estaba segura, nacería. Nada, esta vez la bolita ni siquiera tenía el hilo que la ataba a mí, a su madre, sólo un brazo y una pierna, sólo eso. Tuve ganas de tener otra vez cuerpo, me sentí inútil con mi cabeza y mis ridículas ideas, así que esta vez me negué a recordar, desistí del afán de buscar miedos para tener hijos con ellos. Tumbé mi cabeza y dormí, muchos días dormí. No recuerdo cómo, no sé si dormida o despierta, volví al pasado que, envuelto en grises cada vez más fríos, me burlaba. Me sacaba su enorme lengua, enmohecida, y me gritaba: aquí no hay nadie, esto está desierto. Ni un olor, ni un ruido, ni un gesto; ninguna señal que me permitiera abrir los ojos y respirar serenamente. Recordé a mi abuelo, sabía que venía algo duro. Los árboles de mi memoria ya no estaban, a mi casa se la estaba tragando la tierra. Desesperada miraba, ya no quería hijos, esta cabeza que soy se rinde ante tanto espanto. Buscaba a mi madre. Entonces... entonces sí, el barco, el desconocido pasajero, la expectativa, la espera. Ahora el silencio.

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