Siempre he sentido una fascinación por la ciudad de Maracaibo. A pesar de que no nací aquí sino en Barquisimeto, estuve muy cerca de esta ciudad, pues acá vive toda mi familia paterna. Cada viaje era para mí una verdadera aventura. Desde que salíamos de Quíbor, el pueblo donde crecí, mi padre comenzaba a contarnos cuentos de sus vacaciones en Punta Iguana, de su abuela Mamá Ana, de cuando inauguraron el puente sobre el Lago, de los saqueos en el mercado central, de los chubascos en el Lago, de una vez que estrelló un barco del tío. Todas estas historias fueron despertando en mí mucha curiosidad. Maracaibo era un lugar de infinitas posibilidades. Todo lo que imaginaba, las tareas donde debía escribir historias y mis dibujos tenían siempre algo de Maracaibo. Al principio era el Lago y con los años empecé a recordar a Maracaibo, a diferenciarlo de mi pueblo por otras cosas. Por ejemplo, me llamaba mucho la atención las distribuciones de los espacios en las casas. El porche era para mí un verdadero encanto. Llegar a casa de mi tía y sentarme un rato a conversar allí era el gesto definitivo para sentir que comenzaban mis vacaciones. Empecé entonces a captar con más detenimiento todo lo que allí era realmente distinto a mi casa.
Cuando tuve diez años tuvimos que mudarnos de Quíbor a Barquisimeto; aunque están a 30 minutos de distancia, era un verdadero cambio de espacio. Nunca me sentí cómoda en esa ciudad. Mientras viví en Quíbor notaba la diferencia entre Maracaibo y mi pueblo sin que nada me incomodara. No me gustaba un sitio más que otro, sabía simplemente que eran diferentes. En cambio, vivir en Barquisimeto sí me creaba conflictos, me sentía ajena completamente a la gente de allí, nunca me identifique con nada. En otras palabras, perdí el centro donde había permanecido varios años. La separación radical con mi pueblo, con mis amigos, mis maestras, la casa de la cultura donde solía participar, mis paseos en bicicleta, las procesiones en la plaza, todo quedaba apartado de mí. Entonces los recuerdos de Maracaibo se hicieron cada vez más frecuentes. Si ya no podía vivir en el campo, si estaba condenada a vivir en la ciudad, mi único deseo era venirme a vivir a Maracaibo. A fin de cuentas, por los cuentos de mí papá, era una ciudad donde me podían pasar cosas. Así llegué aquí a estudiar primer año de Humanidades en la Escuela de Artes Plásticas Julio Árraga, conocí a una amiga que venía de Caracas y juntas fuimos conociendo la ciudad. Siempre era quien proponía los sitios que debíamos visitar, que como no es extraño eran los sitios que había oído en los cuentos de mi papá. Visitábamos con frecuencia el malecón, hacíamos muchos paseos en lancha hasta Los Puertos de Altagracia y nos devolvíamos a las cinco de la tarde.
Todos estos cuentos me han hecho reflexionar de un tiempo para acá sobre el porqué de ese gusto tan intenso por la ciudad. Creo que lo que advertí desde niña era que Maracaibo, a pesar de su magnitud, tenía mucho más de pueblo, de provincia, que Barquisimeto. La mayoría de la gente que me rodeaba en Barquisimeto buscaba parecerse cada día más a la de Caracas. Sus conductas estaban atravesadas por el fantasma de "la capital". Había muy poco de autenticidad, de espontaneidad. De estas pequeñas menudencias se fue creando en mí una curiosidad por conocer, por investigar sobre Maracaibo, que se acrecentó a medida que fui tratando y leyendo a autores de la ciudad. Principalmente cuando tuve la oportunidad de oír clases con Hesnor Rivera, quien contribuyó sobremanera a ampliar la idea que sobre Maracaibo me había creado. Con Hesnor Rivera conocí más sobre otra parte de la historia de la cual había oído sin prestar mayor atención. Me refiero a la industrialización producto de la explotación petrolera, lo que fue pasando con las barriadas, cómo fueron muriendo algunas costumbres y creándose nuevos hábitos. Qué fue pasando a nivel arquitectónico. Es decir, se empezó a llenar mi inquietud de muchas otras. ¿Cómo reconocer cuándo una ciudad comienza a serlo? Cuándo dejamos de ir a conversar con amigos a una plaza. Dónde están esos hombres de cabellera blanca, de largas barbas que solíamos ver sentados en los bancos de la plaza y que hoy han sido sustituidos, en el mejor de los casos, por jóvenes en patines o patinetas. Por caminantes que ya no advierten el despreocupado andar de las palomas, sino que caminan para mantener lo que a ellos les parece una buena figura. Caminantes que se han condenado a no sentir placer por admirar la belleza. Cómo los parques que antes admirábamos por sus amplios espacios al aire libre, rodeados la mayoría de las veces por grandes árboles que nos cobijaban mientras jugábamos al pasamanos con nuestros primos, han sido reemplazados por fríos juguetes de plástico ubicados, en muchos casos, dentro de los supermercados, donde los niños, en vez de estar acompañados por la naturaleza, se encuentran rodeados por zombis consumistas.












