La ciudad de que se habla tiene mucho
de lo que se necesita para existir,
mientras que la ciudad que existe en su lugar
existe menos.
Italo Calvino
Las Ciudades Invisibles
Desde niña contemplo con atención las fotografÃas que envuelven la casa de mis padres y la casa de mi abuela. Un hombre alto, moreno, de ojos pequeños, vestido de blanco y azul y con un gorro de marinero. Mi abuelo paterno. Otra, un hombre gordo, blanco, de grandes manos, lentes de pasta negra y gruesa, vestido de igual forma: abuelo Conde. El segundo esposo de mi abuela una vez que enviudó. Ambos marineros.
Al primer hombre de la fotografÃa no lo conocà asà que quien fungió como abuelo paterno fue abuelo Conde. Gratos recuerdos de mis primeros años fueron a su lado y son en gran parte motivo de estas lÃneas. Si a través de la cultura oral de mi padre recreé los tiempos de la Maracaibo portuaria, de los marinos que hacÃan vida en el Lago, con abuelo Conde vivÃ, experimenté parte de las costumbres de su oficio. Mi abuelo vivÃa, cuando yo venÃa a pasar vacaciones a Maracaibo, en el apartamento que hoy habito. Es decir, vivÃa frente al Lago cuando todavÃa podÃamos bañarnos en él sin temer una enfermedad, aunque ya en los últimos años salÃamos con grandes lunares en alguna parte del cuerpo. Abuelo solÃa bañarse en las tardes en el Lago, cuando yo estaba acá esperaba ansiosa que hiciera su siesta para luego ir a bañarme con él. TenÃa unos cuatro o cinco años y él todavÃa era un hombre fuerte, de contextura gruesa. Nos metÃamos cerca del rompeolas donde reciben el sol los buchones, él se acostaba a flotar y yo me subÃa en su cuerpo como en una cama inflable hasta quedarme dormida. Ese es quizás el recuerdo más nÃtido que conservo de mi abuelo. Esto unido a los cuentos que mi padre nos solÃa contar en carretera, casi siempre de QuÃbor a Maracaibo o viceversa, anidaron en mà una noción de Maracaibo que, sólo hoy lo sé, se corresponde a lo que he llamado imaginario tradicional. La ciudad que imaginaba en cada paso que por ella hacÃa, era una ciudad del pasado, viva en la memoria de un colectivo y que, como lo pude comprobar, no estaba muerta en el sentido literal de la palabra. Yo, nacida en 1981, imaginé, vivà y sentà a una ciudad que fÃsicamente estaba, en gran parte, desapareciendo. El recorrido que hacÃa con mis padres y mi hermano, cuando andábamos de paso, era por espacios y paisajes que alimentaban aún más la imagen que en mà crecÃa de Maracaibo. Ãbamos a dar paseos en las lanchas que salen del malecón hasta los puertos de Altagracia. Allá caminábamos por el pueblo, mi padre conversaba con sus habitantes buscando siempre un apellido que revelara parte de su origen, una sangre que se uniera a la nuestra. Almorzábamos y regresábamos al Malecón de la avenida Urdaneta. Otro dÃa, papá nos llevaba a conocer la casa donde él nació, en Santa LucÃa, nos bajábamos del carro, le preguntaba a los dueños de la casa si nos permitÃa la entrada y entrábamos a recorrerla esperando ver algún detalle donde el tiempo estuviese intacto, congelado, inmóvil, que reafirmara vivencias y fortaleciera recuerdos. SalÃamos de la casa y nos contaba quien vivÃa en cada casa de la cuadra, cómo eran sus relaciones con cada miembro de la familia. En cuál casa compraba los cepillados, en cuál vendÃan tarjeticas para el álbum, en cuál vivÃa la muchacha más bonita; asà nos recreaba todo un barrio. Toda una gente, todo un tiempo. Cada dÃa transcurrÃa habitando recuerdos vivos, frescos, Ãntegros. De regreso a casa, hacÃamos una última parada en San Francisco, allà comprábamos el pescado, Ãbamos hasta la plaza, comÃamos unos deliciosos cepillados, que todavÃa venden, mi hermano y yo jugábamos en la plaza mientras mis padres llamaban por teléfono. Ese era el final de Maracaibo. Digo Maracaibo porque a esa edad no entendÃa nada de Municipios y para mà San Francisco era parte de la ciudad. Quedaba del viaje las paradas en el camino a comer, a orinar, a tomar agua, a conocer, a estirarnos.
El año en que llegué a vivir a Maracaibo, murió mi abuelo Conde. Abuela Alicia se habÃa ido a la casa de una de sus hijas a pasar unos dÃas mientras se recuperaba, el apartamento donde vivÃan mis abuelos lo habÃan alquilado por unos meses para no encontrarlo invadido por el comején. Yo llegué los primeros dÃas a casa de la mayor de mis dos tÃas. Ahà estuve unos meses, mientras nos pasaba a todos el aturdimiento que habÃa dejado en nosotros la decisión tan abrupta y definitiva de dejar a mis padres y venirme a vivir, relativamente sola, a Maracaibo. Luego me mudé a unas cuatro cuadras de donde estaba la casa de mi otra tÃa, ubicadas ambas en el barrio 18 de Octubre. TraÃa conmigo esa ciudad de las fotografÃas que veÃa en mi casa, la ciudad de mi abuelo, la ciudad de mi padre, la ciudad oral que habÃa crecido en mà hinchando mi imaginación y mis ganas de vivir de expectativas. Vine a estudiar los últimos dos años del bachillerato, en la Escuela de Artes Plásticas Julio Ãrraga, me gustaba hacer los recorridos por la ciudad que habÃa aprendido con mi padre. Esta vez le sumé a los paseos a Santa LucÃa otros ingredientes, conocà el gusto por una frÃa debajo de un sol inclemente, me gustaba ver a través del humo, no me iba en un carro propio sino que caminaba sin saber a ciencia cierta adonde iba, esperaba cualquier bus que me dejara en una avenida que yo conociera para poder devolverme a casa. Me sentÃa parte de la ciudad. SentÃa que ahora sà la habitaba. Conversaba mucho con gente de más edad, desconocida, que estaba parada en el porche o en la ventana que daba al frente de la casa. Hablaba de cualquier cosa. Inventaba mucho, lo confieso, decÃa muchas mentiras acerca de mi vida y quién era yo, qué hacÃa aquÃ. Porque evidentemente reconocÃan en mà un acento distinto, de vez en cuando se me escapaba mi na' guará, y mi expresión corporal era, creo que ya no, distinta a la de la gente de esta ciudad. Era, como me decÃan ellos, muy modosita.
El primer año viviendo en Maracaibo no contrastó realmente con la ciudad de recuerdos que traÃa, más bien se nutrÃa. Yo, tal vez por mi juventud, no me detenÃa a reflexionar sobre lo distinto que era el malecón que yo visitaba con frecuencia, con primos y amigos para ir a Los Puertos, del malecón habitado por mis abuelos, mi bisabuelo y mi padre cuando era un niño. Qué elementos habÃan cambiado los modos de vida. Esas interrogantes no sé cuando surgieron. Sin embargo, cuando me percaté que mi historia, mi memoria de la ciudad era sólo un pedazo, recordé entonces la otra parte de los cuentos de mi padre sobre su origen. Recordé porqué mi abuelo paterno de sangre, Miguel Ãngel, no llevaba el apellido de su padre, y porqué sus hermanos, en su mayorÃa, tenÃan distintos apellidos. Hijos casi todos de españoles que duraban en la ciudad el tiempo que tardaran en desembarcar la mercancÃa y enamorar a una mulata. Recordé también el cuento de mi bisabuelo César Augusto, el padre de mi abuela paterna, quien se enamoró de una bailarina que venÃa de España y que hacÃa sus presentaciones en los barcos. Mi bisabuelo se fue encantado por unos meses y su esposa, mamá Ana, se fue a Ceuta con sus hijas a pasar el trago amargo mientras él se ausentó. Luego cómo era de esperarse lo perdonó. Muchas mujeres perdonaban, dice hoy mi abuela, porque entendÃan que lo que estaba pasando era algo asà como fuera de su voluntad; ellos, los hombres, eran encantados tal cual encanta una serpiente a un ratón, por modos de vida diferentes, por cuerpos distintos, no mejores ni peores, distintos. Se comenzaban a instalar en la ciudad los imaginarios transitorios.












