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Sobre Maracaibo

por anafeli81 @ 2008-04-25 - 09:36:17 am

Con el petróleo se inicia en nuestro país, y en particular en Maracaibo, una crisis que hemos localizado y focalizado en los «imaginarios», repertorios de imágenes simbólicas de una comunidad, de una sociedad; vale decir, las imágenes que permiten una visión integradora y compleja de lo maracaibero, tanto en lo que podemos llamar la "realidad" como en la literatura, o discurso de ficción.

Decimos que la crisis se manifestó en los imaginarios, porque la ciudad es una elaboración de sus ciudadanos, que la viven y a la vez la sueñan, hacia el pasado y hacia el futuro, de modo que una industria como la petrolera modificó tan drásticamente el presente (de ahí la noción de caos que nació contemporáneamente con su explotación ) y que disolvió en la más completa de las incertidumbres el futuro, al tiempo que asignaba al pasado características de ensoñación y nostalgia, que de seguro lo elevó o redujo a la imagen de paraíso perdido. En efecto, los testimonios revelan que la transformación de la Venezuela agropecuaria a la petrolera estuvo lejos de ser leída y asimilada como paulatina. Al contrario, fue violenta y sus efectos son aún visibles, y los sufrimos en la cantidad de distorsiones culturales, sociales, económicas y políticas que caracterizaron todo el siglo XX. Sin embargo, Orlando Araujo en Venezuela Violenta (1968), hace un estudio sobre las formas de violencia (la feudal y la imperialista) que se han manifestado en Latinoamérica y esencialmente en los venezolanos, lo cual nos revela como la violencia forma parte de nuestro imaginario desde la colonia hasta nuestros días.

"Ya no se trata solamente del conflicto entre latifundistas y campesinos, ni del contraste entre la explotación extensiva feudal del campo y las formas avanzadas de la producción agrícola capitalista; sino de la oposición y conflicto de intereses entre la nación venezolana, dueña de recursos fabulosos en petróleo y minería, y la nación norteamericana, dueña mayoritariamente de los grandes capitales que explotan aquellos recursos." (Araujo, 1968:157)

Desde entonces, desde antes de la muerte de Juan Vicente Gómez hasta hoy, los imaginarios (el tradicional, el transitorio y el sentimental) comienzan a dialogar, a imbricarse, a interrelacionarse hasta producir un tejido que acaso explique imágenes de Maracaibo como las de nuestros escritores César Chirinos y Hesnor Rivera.

En el imaginario tradicional necesariamente debemos colocar lo que permanece como puente hacia el pasado, lugares, espacios, ambientes, personajes, perfiles, rostros, calles, que continúan entre nosotros físicamente o no, pero determinantes de esa relación vital con el pasado. Esto quiere decir que es tan importante El Saladillo como Santa Lucía. Lo destruido y lo que permanece. O mejor, lo destruido que permanece, a pesar de la destrucción, y que continúa en la memoria, articulándose en proyectos urbanos como La Calle Carabobo, o en exposiciones fotográficas como La Calle 100, o bien, en la memoria colectiva de una comunidad como la maracaibera que mantiene una particular relación con su memoria, su tradición y su pasado. Maracaibo se puede calificar, porque no, de epicentro de la cultura petrolera. Los pueblos de la Costa Oriental sufrieron el impacto como de una bomba, sus estructuras fueron sacudidas, y la población que llegó de todas partes y la que tuvo que irse de Maracaibo, configuró un tipo de población y de asentamiento definitivamente extraño o raro. Los llamados campos petroleros son un tipo de organización urbanística ajena a nuestra idiosincrasia y a nuestra tradición. Pero al margen de estos asentamientos que incluso pueden calificarse de «insulares», porque en efecto son como islas, en Maracaibo y en pueblos aledaños a los citados campos, permanecieron los trazos de una arquitectura que hermana nuestras costas a las de las islas y demás ciudades que conforman el Caribe. Y no sólo eso, porque al margen de la cultura petrolera sobrevivió un tipo de cultura ajena a la industrial y de capitales financieros, más cerca de la cultura comercial heredada por distintas vías, en especial, como producto de una ciudad portuaria. Pero lo destruido elige formas de permanencia y manifestación, a nivel de los substratos indígena y afro, que se manifiestan en la oralidad, el vestido, la gastronomía, la medicina, la organización familiar, espacial, etc.

Parte de la crisis del imaginario tradicional es el producto de una movilización y una agitación que distorsionó el perfil de Maracaibo en particular, como del estado Zulia y Venezuela en general. Hay que resaltar que el puerto de Maracaibo recibió gentes de todas partes, era de hecho un puerto cosmopolita, de modo que el habitante de estas tierras tenía trato y conocimiento de lenguas y razas que visitaban nuestra ciudad, en viajes de negocios o de placer. Pero el petróleo provocaría una llegada de población con otro signo, casi con el signo de la invasión. Nacionales y extranjeros se movilizaron a esta tierra no para buscar un mejor destino, sino porque el trabajo agropecuario, de por sí ya escaso, pasó a ser nulo. Eso produjo un desplazamiento masivo de la población campesina huyendo del hambre y del abandono, para asentarse en los márgenes de las islas de petróleo que no esperaba emplearlos, no darles acogida, que no contaban como era lógico y cabía esperar, mayoritariamente con ellos. Este desplazamiento masivo de gentes y costumbres, configuró un escenario atravesado por la transitoriedad.


 
 

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Algo que me gustaba del Zulia es que mi padre, originario de Los Moran y Vera en La Cañada nos llevaba al puerto para visualizar las piraguas, nunca olvidare al indio, al pescador y el capitan hablando de sus sueños, son imágenes que van y vienen para mostrarnos la realidad de un pueblo autoctono que se proyecta hacia la Cuenca caribeña como una memoria con su Mojan al frente y las olas retumbando los muelles que nos llevan a soñar sobre el Maracaibo de siempre

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