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Reconstrucción de un itinerario sentimental

por anafeli81 @ 2008-04-30 - 08:48:05 am

La ciudad de que se habla tiene mucho
de lo que se necesita para existir,
mientras que la ciudad que existe en su lugar
existe menos.

Italo Calvino
Las Ciudades Invisibles

Desde niña contemplo con atención las fotografías que envuelven la casa de mis padres y la casa de mi abuela. Un hombre alto, moreno, de ojos pequeños, vestido de blanco y azul y con un gorro de marinero. Mi abuelo paterno. Otra, un hombre gordo, blanco, de grandes manos, lentes de pasta negra y gruesa, vestido de igual forma: abuelo Conde. El segundo esposo de mi abuela una vez que enviudó. Ambos marineros.

Al primer hombre de la fotografía no lo conocí así que quien fungió como abuelo paterno fue abuelo Conde. Gratos recuerdos de mis primeros años fueron a su lado y son en gran parte motivo de estas líneas. Si a través de la cultura oral de mi padre recreé los tiempos de la Maracaibo portuaria, de los marinos que hacían vida en el Lago, con abuelo Conde viví, experimenté parte de las costumbres de su oficio. Mi abuelo vivía, cuando yo venía a pasar vacaciones a Maracaibo, en el apartamento que hoy habito. Es decir, vivía frente al Lago cuando todavía podíamos bañarnos en él sin temer una enfermedad, aunque ya en los últimos años salíamos con grandes lunares en alguna parte del cuerpo. Abuelo solía bañarse en las tardes en el Lago, cuando yo estaba acá esperaba ansiosa que hiciera su siesta para luego ir a bañarme con él. Tenía unos cuatro o cinco años y él todavía era un hombre fuerte, de contextura gruesa. Nos metíamos cerca del rompeolas donde reciben el sol los buchones, él se acostaba a flotar y yo me subía en su cuerpo como en una cama inflable hasta quedarme dormida. Ese es quizás el recuerdo más nítido que conservo de mi abuelo. Esto unido a los cuentos que mi padre nos solía contar en carretera, casi siempre de Quíbor a Maracaibo o viceversa, anidaron en mí una noción de Maracaibo que, sólo hoy lo sé, se corresponde a lo que he llamado imaginario tradicional. La ciudad que imaginaba en cada paso que por ella hacía, era una ciudad del pasado, viva en la memoria de un colectivo y que, como lo pude comprobar, no estaba muerta en el sentido literal de la palabra. Yo, nacida en 1981, imaginé, viví y sentí a una ciudad que físicamente estaba, en gran parte, desapareciendo. El recorrido que hacía con mis padres y mi hermano, cuando andábamos de paso, era por espacios y paisajes que alimentaban aún más la imagen que en mí crecía de Maracaibo. Íbamos a dar paseos en las lanchas que salen del malecón hasta los puertos de Altagracia. Allá caminábamos por el pueblo, mi padre conversaba con sus habitantes buscando siempre un apellido que revelara parte de su origen, una sangre que se uniera a la nuestra. Almorzábamos y regresábamos al Malecón de la avenida Urdaneta. Otro día, papá nos llevaba a conocer la casa donde él nació, en Santa Lucía, nos bajábamos del carro, le preguntaba a los dueños de la casa si nos permitía la entrada y entrábamos a recorrerla esperando ver algún detalle donde el tiempo estuviese intacto, congelado, inmóvil, que reafirmara vivencias y fortaleciera recuerdos. Salíamos de la casa y nos contaba quien vivía en cada casa de la cuadra, cómo eran sus relaciones con cada miembro de la familia. En cuál casa compraba los cepillados, en cuál vendían tarjeticas para el álbum, en cuál vivía la muchacha más bonita; así nos recreaba todo un barrio. Toda una gente, todo un tiempo. Cada día transcurría habitando recuerdos vivos, frescos, íntegros. De regreso a casa, hacíamos una última parada en San Francisco, allí comprábamos el pescado, íbamos hasta la plaza, comíamos unos deliciosos cepillados, que todavía venden, mi hermano y yo jugábamos en la plaza mientras mis padres llamaban por teléfono. Ese era el final de Maracaibo. Digo Maracaibo porque a esa edad no entendía nada de Municipios y para mí San Francisco era parte de la ciudad. Quedaba del viaje las paradas en el camino a comer, a orinar, a tomar agua, a conocer, a estirarnos.

El año en que llegué a vivir a Maracaibo, murió mi abuelo Conde. Abuela Alicia se había ido a la casa de una de sus hijas a pasar unos días mientras se recuperaba, el apartamento donde vivían mis abuelos lo habían alquilado por unos meses para no encontrarlo invadido por el comején. Yo llegué los primeros días a casa de la mayor de mis dos tías. Ahí estuve unos meses, mientras nos pasaba a todos el aturdimiento que había dejado en nosotros la decisión tan abrupta y definitiva de dejar a mis padres y venirme a vivir, relativamente sola, a Maracaibo. Luego me mudé a unas cuatro cuadras de donde estaba la casa de mi otra tía, ubicadas ambas en el barrio 18 de Octubre. Traía conmigo esa ciudad de las fotografías que veía en mi casa, la ciudad de mi abuelo, la ciudad de mi padre, la ciudad oral que había crecido en mí hinchando mi imaginación y mis ganas de vivir de expectativas. Vine a estudiar los últimos dos años del bachillerato, en la Escuela de Artes Plásticas Julio Árraga, me gustaba hacer los recorridos por la ciudad que había aprendido con mi padre. Esta vez le sumé a los paseos a Santa Lucía otros ingredientes, conocí el gusto por una fría debajo de un sol inclemente, me gustaba ver a través del humo, no me iba en un carro propio sino que caminaba sin saber a ciencia cierta adonde iba, esperaba cualquier bus que me dejara en una avenida que yo conociera para poder devolverme a casa. Me sentía parte de la ciudad. Sentía que ahora sí la habitaba. Conversaba mucho con gente de más edad, desconocida, que estaba parada en el porche o en la ventana que daba al frente de la casa. Hablaba de cualquier cosa. Inventaba mucho, lo confieso, decía muchas mentiras acerca de mi vida y quién era yo, qué hacía aquí. Porque evidentemente reconocían en mí un acento distinto, de vez en cuando se me escapaba mi na' guará, y mi expresión corporal era, creo que ya no, distinta a la de la gente de esta ciudad. Era, como me decían ellos, muy modosita.

El primer año viviendo en Maracaibo no contrastó realmente con la ciudad de recuerdos que traía, más bien se nutría. Yo, tal vez por mi juventud, no me detenía a reflexionar sobre lo distinto que era el malecón que yo visitaba con frecuencia, con primos y amigos para ir a Los Puertos, del malecón habitado por mis abuelos, mi bisabuelo y mi padre cuando era un niño. Qué elementos habían cambiado los modos de vida. Esas interrogantes no sé cuando surgieron. Sin embargo, cuando me percaté que mi historia, mi memoria de la ciudad era sólo un pedazo, recordé entonces la otra parte de los cuentos de mi padre sobre su origen. Recordé porqué mi abuelo paterno de sangre, Miguel Ángel, no llevaba el apellido de su padre, y porqué sus hermanos, en su mayoría, tenían distintos apellidos. Hijos casi todos de españoles que duraban en la ciudad el tiempo que tardaran en desembarcar la mercancía y enamorar a una mulata. Recordé también el cuento de mi bisabuelo César Augusto, el padre de mi abuela paterna, quien se enamoró de una bailarina que venía de España y que hacía sus presentaciones en los barcos. Mi bisabuelo se fue encantado por unos meses y su esposa, mamá Ana, se fue a Ceuta con sus hijas a pasar el trago amargo mientras él se ausentó. Luego cómo era de esperarse lo perdonó. Muchas mujeres perdonaban, dice hoy mi abuela, porque entendían que lo que estaba pasando era algo así como fuera de su voluntad; ellos, los hombres, eran encantados tal cual encanta una serpiente a un ratón, por modos de vida diferentes, por cuerpos distintos, no mejores ni peores, distintos. Se comenzaban a instalar en la ciudad los imaginarios transitorios.


 
 

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